Una pregunta que los cristianos se hacen siempre y que porta una tensión eterna es: ¿cómo nos aferramos al gozo cuando este mundo es afligido por el dolor? Como creyentes, anclamos nuestra esperanza en la victoria de Cristo sobre la muerte. Nos regocijamos en nuestra salvación, el regalo de la vida eterna; sin embargo, en esta vida el dolor corre desenfrenado y se esparce sin control.

Cada mañana al despertar recibo nuevas misericordias solo para encontrarme con viejas heridas. Podría compartirte mi letanía de pérdidas, pero sé que tú tendrás las tuyas: una hija distanciada, un matrimonio que necesita reconciliación, un nuevo diagnóstico, un ser amado que partió demasiado pronto, una casa destruida por el fuego, una mascota que falleció, un amor que te traicionó, una multitud que te hirió.

Cuando Cristo resucitado apareció en el sepulcro del huerto, cuando María no podía reconocerlo, le preguntó: «¿Por qué lloras, mujer?» (Juan 20:15). Incluso cuando estaba en su momento de victoria, Cristo hizo tiempo y espacio para el dolor de María. ¿No muestra esto cómo la Resurrección evoca la Encarnación? Aquel misterio insondable de la venida de Cristo como un bebé que se despojó de todo poder en pos de la propiciación, sí, pero también simplemente a fin de estar más cerca de nosotros.

Con esa pregunta sencilla, Jesús hizo un espacio para que María expresara su tristeza. En el sepulcro del huerto, la tumba del jardín —ese lugar tanto de plantas como de sepultura, de milagro y de duelo—, el momento compasivo de Cristo para con María demuestra que somos elegidos para conocer y también para ser conocidos por Él. No somos simplemente un pueblo que necesita ser rescatado; ciertamente somos un pueblo, sí, un pueblo salvado y enviado (Marcos 3:13-14), pero también somos un pueblo invitado a simplemente permanecer con Él.

Cada Domingo de Pascua recuerdo lo primero que hizo Jesús después de resucitar. Aunque el Dios-hombre acababa de ser devuelto a la vida, siguió agachándose e inclinándose. Jesús siempre fue así. Él es el Verbo hecho carne que tomó forma humana para habitar y cenar; para sufrir y celebrar con nosotros. Él es nuestro Señor resucitado, que se inclinó y le prestó un oído atento a María, que no se apuró a irse del sepulcro del huerto, sino que hizo un espacio para quedarse un poco más en aquel encuentro. Él es Dios, quien permanece al lado del hombre en el huerto en el principio del tiempo.

Ese fue el gozo de María cuando Él dijo su nombre y ella lo reconoció y se reencontró con su Raboni (Juan 20:16). Este es nuestro gozo también. Jesús resucitado trae salvación, y se ofrece a sí mismo. Su victoria nos llevará de nuestro sepulcro a la gloria, sí, pero también ha venido a estar con nosotros ahora, en el sepulcro del huerto que es esta vida sobre la tierra. Él viene a nuestro encuentro aun cuando la pérdida y el dolor se entrelazan con lo que amamos y vivimos, tanto durante como más allá de la temporada de Pascua. Aleluya.

Rachel Marie Kang es la fundadora de The Fallow House y es autora de dos libros.

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